miércoles, 2 de septiembre de 2009

Wilson


Podría tratarse de un verano cualquiera, al igual que podría ser el último. Un verano cualquiera, monótono, con el mismo sol radiante dándolo todo por freirnos, la misma espuma de afeitar barata para malrasurar las blancas barbas. Terminar de adecentarse, que no arreglarse, e ir a pasar el rato mirando a las jovencitas. Es lo único que merece la pena del verano, tan insoportable que se hace con el calor pegado al cuerpo todo el día, sin parar de sudar. Allí están, saltando en la red, con sus diminutos bañadores, su cuerpo brillante y sus recias carnes, bajo sus tersas pieles, moviéndose armónicamente. Y pensar que en sus tiempos mozos se consideraba escandaloso el can-can, y ahora con veinte gramos de tela consideran sus verguenzas cubiertas... Quizás el sudor se debiera a otras causas, aunque él lo atribuyera al calor. Pero se había olvidado del sudor, esperando que el bikini se moviera y le ofreciera los pocos secretos que podía esconder. Como todas las mañanas, comenzó a sentir que algo resucitaba en su entrepierna, un picorcillo que debería haber correspondido a una erección, pero ningún cambio era visible al exterior. Entonces es cuando se las comenzaba a imaginar, pensando si irían rasuradas, pensando en lo que harían con los chulitos de playa que aparecerían dentro de un rato. Si, en el fondo eran unas cochinillas, si alguna fuera su nieta buena le iba a caer encima. Desvergonzadas todas. Pero mira como se le transparentan las nalgas a la zascandila esa..

BLAM BLAM!

La puerta se abrió, y giró precipitadamente su silla de ruedas, con la vergüenza en su rostro, como si le preocupara que la enfermera descubriera su no-erección. Traía cara de perro, exactamente la misma cara de estar enfadada con el mundo, la que durante treinta años había visto en su mujer, que en paz descanse. Sólo sonrió tímidamente en las fotos de la boda, y su vida juntos no había sido precisamente un cuento de hadas sino todo lo contrario. Eran otros tiempos. Ahora hasta la echaba de menos.

- Toca rehabilitación Gómez.

Sin más, empujó la silla alejándole de su espectáculo matinal favorito. Quedaban 23 horas y media de infierno para volver a lo único que le quedaba, mirar por la ventana.

7 comentarios:

Emma Grandes dijo...

Muchos se pasan las horas muertas viendo las obras de las calles y otros tantos hacen como Wilson. Esperar día a día a que llegue ese momento, esa hora de 'diversión'. Es triste, la verdad, llegar a esa edad y no tener a nadie con quien pasar las horas muertas.
Un saludito XD

Sara dijo...

Está super bien narrado y planteas, de un modo muy sencillo, un tema muy complejo... ;)

Esther dijo...

¡Je,je! Vaya pasatiempo; el pasatiempo de algunos otros, me imagino.Pero, al pobre le hacía feliz y no pasa más que de mirar, eso es una actividad inofensiva.

Me recordaste a una cosa que le pasó a mi hermana, cuando se puso por un paseo a pasearse en bikini, donde todo el mundo paseaba así. Un anciano la dijo entonces:

- Oye, guapa, ¿te crees que puedes ir toda la vida así?

Es que las cosas deben de haber cambiado mucho.

Coincido con Sara: muy bien narrado y se me antojó tb muy divertido. ¡Aaay! El hombre...

Saluditos.

Virginia Vadillo dijo...

Hay cosas que ni haciéndose viejo, eh! ;) :P

Metalsaurio dijo...

si el anciano se llama sr. gomez (y dudo que se llame wilson gomez), entonces wilson, es...es...

serás puerco! jajaja! :)

Gracias por el título de la película (Fallen) no lo recordaba.

Un saludo.

*Sechat* dijo...

Muy bueno. Una historia llena de picardía, con cierto sabor a crítica. Muy bien contada de verdad. Un abrazo.

Carlos dijo...

La forma en que narras ese silencio dando "voz" al pensamiento y al mismo tiempo llevándonos por tan, como apunta Sara, complejo tema, está fenomenal, pero el efecto especial del sonido de la puerta es genial! :) De hecho leyendo (y sin ver el párrafo siguiente) creí que le habían dado dos... bueno entre disparos o bofetadas xd
El tema sin embargo no está exento de su drama y logras llevarlo muy bien.

Un abrazo!