Como si llevara un año corriendo, a punto de alcanzar el tren que escapa de la estación y tratando de agarrar el último vagón al vuelo, y finalmente hubiera conseguido subirme. Todo va rodado, por su raíl, a toda velocidad pero por su camino, como siempre debió ser. Subido a un viaje que merece la pena, disfrutando de la sensatez que encierra la locura, esa que sólo entiende el que está subido en ese tren.
Es el único tren donde se disfruta del viento en popa.
Tantos días mirando hacia el mar... en este caso, al igual que en la canción, el mar quedaba al Este. Sólo que era un mar diferente, un océano que separa el corazón de la razón. Y tras esos mil días toca reunirlos, y dejar que los colores recién desaparecidos vuelvan a llenar la vida, los ojos, y en el planeta frecuente una sonrisa que últimamente está guardada en paño.
Va siendo hora de despedirse, no sea que llegue tarde.
De la noche a la mañana los colores ya no existían. Todas las banderas se habían enterrado, y sólo quedaban los mapas físiscos del mundo: las fronteras se habían caído. Todos éramos hermanos, no había razas sino compañeros. En cuestión de días se consiguió erradicar la sed, en semanas se solucionó el hambre, y en unos pocos años se consiguió que en todo el planeta hubiera acceso a un nivel educativo suficiente para saber que, compartiendo y siendo generoso, todos ganamos. No había ni rasto de la roja ira, la esperanza verde ya no era necesaria, la tristeza azul y la alegría púrpura se habían esfumado; no había mala suerte donde guardar amarillo. Y lo más importante, el marrón de la guerra y el naranja de las explosiones también estaban "missing in action".
Con el alivio de un mundo mejor, respiré hondo; y sentí los párpados pegados. "Qué decepción, otro sueño que no se cumplira", pensé, y con pereza los abrí, descubriendo un mundo de película antigua, completamente sepia. Justo en ese momento estalló la radio "If you can judge a wise man by the color of the skin...".
Tres añitos de exilio, va siendo hora de cerrar el quiosco. Contando los escasos cinco días que faltan para comenzar el retorno a casa, quería agradecer:
Primero, a quien me ha visitado. Muchas gracias, habéis demostrado mucho, y desde la perspectiva de la soledad en el exilio, ha sido el mejor bálsamo posible.
Segundo, a quienes habéis mantenido el contacto durante tanto tiempo, es muy difícil, pero posible, y sin estar fuera tanto tiempo no se puede entender por qué. Gracias por la paciencia.
Tercero, a todos los que en este tiempo habéis entrado en mi mundo, fundamentalmente cibernético: espero que podamos vernos más allá de las pantallas dentro de no mucho.
Imagino que en el curso de los próximos días, y más semanas, mi actividad por aquí se verá reducida; que las cosas no se hacen solas y tengo mucho que retomar en casa.
El ultimátum quebró en su cabeza al retumbar, cual manada de truenos, a través de sus oídos. Y la lluvia se asomó entre sus pestañas, como casi siempre, a la zaga de esos truenos; se asomó tímidamente hasta rebosar y resbalar por sus mejillas como si deslizara por una hoja tropical en medio del Amazonas. Todo su mundo, su vida, giraban alrededor de él; sabía de sus fallos y de todo el daño que le había hecho; pero también sabía que se lo había compensado con creces. O eso creía hasta este momento.
Intentó hablar, pero su voz se ahogó, sujeta por las cadenas del no poder fallar. Angustia, agobio, ansiedad; le empezaban a temblar las manos y el cuerpo. Tenía que salir a flote, pero se hundía sin remedio, lastrada por el hormigón de tan cruel frase. Conocía los síntomas, y sabía que tenía que hacer algo antes de que la histeria tomara el control, haciéndole sentir de nuevo que sus ojos escapaban de sus órbitas y su garganta sólo encontraría aquel aullido estridente para expresarse... y todo estaría perdido.
Tenía que calmarse. Trataba de respirar hondo, pero la hiperventilación era ineludible. No podría dominarlo por mucho más...
... Entonces sintió su mano, acariciando suavemente el antebrazo primero, y luego su espalda, para fundirse en uno de esos abrazos que tanto añoraba. Esos que le daba cuando aún demostraba su amor y cariño en cada instante, aquellos por los que había dejado todo para volcarse en él. ¡Qué error, cómo iba a saber que cambiarlo todo lo empeoraría todo! Pero esta vez consiguió dejarse llevar, tranquilizarse y sentirse en paz por vez primera en años. Lo necesitaba tanto...
Al calmarse, comenzó a hablar.
"Por los niños... por hacer que todo sea como fue... Por nosotros... por..."
No encontraba un cuarto motivo. Ni siquiera llegaba a ese punto. Comenzó a ponerse nerviosa otra vez, cuando él habló de nuevo.
"No pienses más, nunca encontrarás el verdadero motivo. Es un elemento que está fuera de nuestro alcance, pero está ahí. Y lo he visto. Solo puedo decir que... lo siento, fue mi culpa el alejarme tanto, y quiero arreglarlo".
Ella no daba crédito a sus oidos esta vez, nunca imaginó que pudiera. Por fin se imponía lo que ella creía, aunque desconocía los motivos. Todo su cuerpo se relajó, tanto que resbaló de entre sus brazos hasta llegar al suelo.
Él sintió como no podía sujetarla más, y se fue al suelo con ella. Trató de acurrucarse como había hecho tanto tiempo atrás, con la cabeza sobre su pecho, para descubrir con horror que aquel constante latir ya no estaba allí. Era un pecho vacío. Miró aterrorizado, y vio el rostro de ella radiante de paz por vez primera en su vida.
La soledad asoló con lo poco que quedaba en sus maltrechas y agonizantes vidas, había visto la luz demasiado tarde.
Era un día como otro, de esos de pasar página mientras los cristales lloran de miedo por los relampagos. La tenue luz ya habia dado un par de avisos bajo su pantalla color sepia, amenazando con dar por cerrada la sesión de entretenimiento antes de tiempo. Pero daba lo mismo, el libro había pasado de la intriga y suspense iniciales a la ansiedad, el terror, y llegar al alivio de cuando todo haya pasado. Literalmente estaba devorando la tinta, línea tras línea, sin hacer caso del diluvio apocalíptico que amenazaba a través del frio vídrio. El oscuro gris del cielo se iba apagando poco a poco: la noche estaba cayendo. Dentro de poco empezarían a llamar a la puerta los pequeñajos disfrazados, pidiendo el truco-trato, rogando por chocolatinas en su mal disimilada pose aterradora.
Mientras, no podía separar sus ojos del libro. Llevaba dos días sin dormir con tal de terminarlo, pero las páginas parecían reproducirse más rápido de lo que él podía leerlas. La historia nunca terminaba, ni siquiera se resolvía al avanzar, cada vez todo se entramaba más y más; lo que indudablemente guiaba a un final magistral donde aparecerá la última pieza que haga encajar la historia. Si, era el mejor puzzle literario que había leído nunca. Historias organizadas, paralelas, entrecruzadas, sin sentido... todo en uno, esperando de esa frase maestra que encumbre al autor del mugriento libro.
Los ojos le empezaban a doler, pero según iba avanzando, las páginas iban adquiriendo un tono de fondo, primero rosáceo, y más adelante rojo pálido, para acabar, cientos de páginas más adelante, siendo páginas completamente escarlata. Según iban avanzando las tramas sinfónicamente, en perfecta armonía, aquél efecto de color era la guinda al desarrollo de la cautivadora historia.
Tan ensimismado estaba en la obra, que no oyó el primer timbrazo. Fuera estaban las brujas de Hunter, quienes se habían visto obligadas a cambiar sus escobas por paraguas. Estaban esperando la generosidad del profesor de literatura, célebre desde hace años por dar los mejores dulces del pueblo. Tras llamar varias veces, viendo que había luz, las pequeñas se preocuparon.
La mayor de ellas aporreó la puerta, dispuesta a no dejar escapar las chocolatinas. No se oyó más que el chirriar de la puerta al abrirse, sorprendentemente abierta a pesar de la lluvia. La bombilla tililaba tras la fantasmal protección de su pantalla sepia, cada vez más cerca de fundirse. Pero aún permitía ver a alguien sentado en una butaca, con la mirada clavada en un pequeño libro, sin pasar páginas, sin moverse, se podría decir que sin respirar.
Entraron, sintiendo cómo el corazón se aceleraba. Iban apretadas, juntas, como si así pudieran sentirse menos envueltas con aquel manto lúgubre que reinaba en aquella fría morada. Al llegar al salón, el horror invadió sus rostros, escapando por sus gargantas en chillidos estridentes y agudos, cuando no pudieron soportar la visión del profesor, con los ojos ensangrentados, inmóvil; señalando un punto del libro sin poder separar la vista del mismo.
Desde las escaleras bajó un elegante caballero con capa, sombrero de copa, bastón y varios libros en la mano. Desde su diabólica sonrisa, invitó a las pequeñas a escoger uno de sus libros, con un hipnotizante y letal poder de convicción: "No hay truco, pero hagamos un trato".
Bueno, curiosamente hoy se celebra mi antisanto: exactamente a seis meses de tiempo (que no distancia) de mi santo. En realidad se me ocurren mil razones para estar seguro de que no lo es: San Marcos, evangelista él, viviría de acuerdo con el calendario lunar que usan los Judíos allá donde estaba él cuaneo vivió, y si le fue impuesto el de los romanos aún no se había instalado el calendario de 365 días. Pero de acuerdo con el gregoriano que usamos hoy por hoy, parece ser que sí. También mi enhorabuena a los escribas y funcionarios de la época, capaces de registrar la fecha de nacimiento de esta persona, labor digna de alarde dados los medios de entonces.
El caso es que en mi antisanto vuelvo a tener internet en casa, por dos semanas y media ya, pero lo tengo. Así que no he podido escapar a la tentación de buscar un motivo oculto. En realidad encontré otro más plausible, aunque este es más interesante de contar.
Hoy hemos tenido un día extraño. En clase de nada, esa en la que los infieles (así los llama Don Francisco) pueden jugar al futbol mientras nosotros atendemos a nuestra e... evanlegización, o algo así, han estado viendo hablando con un señor amigo de un profesor. Han entrado en un aula, cosa que no deberían hacer no fueran a aprender algo que nosotros no. Esto me ha sorprendido, y en el recreo me he acercado a ver qué pasaba. Me ha explicado que el agua en botella es muy mala. ¡Con lo rica que está! Pero muy mala para el medio ambiente... y me ha enseñado esto.
El secreto de sus ojos se olvidó mucho antes de que naciera el más viejo del lugar. Eran ojos negros, los más negros que pudieran encontrarse. Color de muerte, y es que ese era su secreto: habían sido los ojos más temidos, mortales en esencia, los auténticos ojos del portador de la guadaña. Nadie lo sabía, claro. Y ahí estaba, enterrado en el parque, bajo los castillos de juguete para los más pequeños. Estos no pensaban en matar, y nunca imaginarían que había sido el arma mortífera que había destrozado las vidas de muchas familias entre sus bisabuelos.
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