miércoles, 11 de febrero de 2009

Ídolos que caen



Introvertido y silencioso, el pequeño había terminado sus laboriosos deberes y jugaba en su cuarto, sabiendo que en algún momento tendría que ir a cenar. Algo de hambre tenía, pero la verdad es que no tenía prisa. Al otro lado de la casa, el teléfono suena, pero él es demasiado joven como para que le llamen y ya había pasado la edad de correr a descolgar para acabar dando un recado confuso, lo que a veces hacía gracia en el mundo de los mayores, pero otras al parecer no; así que por si acaso que descuelguen ellos. A diferencia de muchos de sus compañeros de clase el niño no esperaba a que llegara su padre del trabajo, nunca había ocurrido. Papá era para algún fin de semana y parte de las vacaciones, si es que no le tocaba pasarlas estudiando o con cualquier otra ocupación. No sabía por que no había quien llegara, pero como no recordaba que pasara, en realidad tampoco lo extrañaba, aunque cuando se había quedado en casa de algún amigo si que tenía una envidia infantil (para nada sana) de que se produjera esa situación desconocida para él.

Pero estos pensamientos no ocupaban su mente, estaba distraído con sus coches de juguete. En un momento, la conversación por teléfono subió de tono y se pudo escuchar a través de la puerta entreabierta, el sonido se filtraba por una rendija reservada para un hilo de luz; y descubrío, amargamente, que la conversación finalizaba en él. Comenzaba por dinero, y acababa en el niño. El primero de muchos días en que escuchó discusiones que, inevitablemente, manaban de él y creaban problemas en ese mundo al que apenas tenía acceso. Su sonrisa se apagó, sus palabras se ataron a la campanilla y las temblorosas pestañas no consiguieron retener las saladas lágrimas que surcaron sus sonrojadas mejillas. Dejó el juego, apagó la luz (¿para no gastar?) y escuchó, envejeciendo años por dentro y madurando en instantes lo que debíera llevar años; aprendiendo que su padre y su madre también son personas y no dioses que con todo pueden. A su temprana edad no alcanzaba a ver las cosas desde una perspectiva objetiva, sino que se veía a si mismo como el origen de problemas sin solución. No hacía nada por solucionarlo, en cambio hacía el tonto con coches de juguete, perdiendo el tiempo sin aportar más que furia y disputas. Aquello tenía que acabar.


Cual fue el horror de su madre al llamarle a cenar, ir a su cuarto porque no acudía y descubrir a su niño ahorcado.

PS. Ya estoy viendo que me voy a encontrar preguntas, así que lo digo de antemano: esto es un relato ficticio que trata de explicar desde una perspectiva una situación que seguramente sea muy frecuente en nuestros días. No sé de ningún caso específico en que esto, o algo parecido, haya sucedido.

3 comentarios:

Neus dijo...

Brutal.
Supongo que decir que me encanta queda feo, pero es que me encanta. Por como escribes y por como lo he leído :)

Daniel H. M. dijo...

Joder, qué fuerte, menuda bofetada. Por cierto, creo que la posdata es innecesaria, ¿no? quiero decir que queda claro es ficción. ¿A alguien se le ocurriría pensar que eres, no ya el protagonista, claro, sino algún actor de la obra?, está claro que de haber sido así, aún siendo un tío del chaval, el cuento de haberse dejado contar lo habría hecho de otro modo ¿no, sí, depende? Jejeje, ale, nos leemos.

Reithor dijo...

Buenas :) Me alegro de que te gustara Ne.

Daniel, esto que parece tan claro para ti no lo es para todo el mundo, y ya me ha pasado antes que algún lector piensa que si hablo de mi y luego me preguntan que si estoy bien y esas cosas. Que está bien que me pregunten, pero no en relación con mis historietas :) Un abrazo.