sábado, 28 de junio de 2008

¡visita!



Mi regalo de cumpleaños -ese que celebran en Pamplona con toros, fuegos artificiales, chupinazo, pañuelos rojos y sobre todo comer y beber- este año me ha llegado por adelantado, en forma de visita: mi primo se animó a cruzar el charco y ver el lado bueno de Potsdam (el verano). Así que tenía que ver si he mejorado como anfitrión, que tengo poca experiencia y bueno, aún tengo clavada una espinilla de la anterior visita. Todo planeado: viene cuando el jefe no está, casi-vacaciones, así que planeamos un par de viajes. El primero, como siempre, ir a Montreal, la ciudad más cercana con vuelos directos desde España además de ser el centro cultural y social más interesante en todo el Este de Canadá. Hotel cutre a precio de hotel decente, recorrer todas las calles de los cuatro distritos, nada más bajar del avión; hay cosas que no cambian, menudo crack que está hecho el Bour. Cenamos viendo la puntilla céltica y consecución del título de campeón de la NBA, con una hamburguesa enorme cada uno, a comer por partes. Al día siguiente, tras un paseillo matutino por la city y un buen almuerzo a la francesa (fondue de queso, ya un clásico en mis visitas a ese lugar con tres de cuatro veces), pusimos rumbo a Quebec; aprendiendo por el camino que la hora punta en Montreal es a partir de las 3 de la tarde. Me gustan esos horarios, mucho mejor que acabar a las 8 desde luego.

Una vez llegamos, pasé de guía a descubridor, nunca estuve antes en Quebec. Ciudad de habla francesa fundamentalmente, el inglés es accesible como en Madrid, generalmente te puedes entender pero no son bilingües todos. Muchas banderitas en los coches y en las casas, imagino que es un fenómeno en expansión tras la autonomía adquirida un par de años atrás. En fin, nosotros a lo nuestro, y empezamos a caminar con un sol jugoso tras aparcar cerca del centro. Llegamos a un parque que queda por encima del río San Lorenzo, mucho más ancho aún en Quebec que en Montreal ó en Cornwall (donde se cruza la frontera), casi como una ría de grande. Desde este parque se veía la ciudadela, estilo renacentista- barroco, muy parecida a la que hay en Jaca. Ahí es cuando el sol que nos acompañaba se tornó en nubes, y las nubes en mares por las calles, buena explicación de cómo el rio lleva tanta agua... Aprovechamos para comer algo y seguir visitando el casco antiguo cuando amainó el temporal. Seguíamos completamente calados, pero la atmósfera casi medieval de las calles (hasta tienen tiendas de ropaje medieval, con espadas de Toledo, dirigidas por toledanos con los que se puede charlar) y la armonía que desprende todo el centro resultó más fuerte, recorrimos toda la colina un par de veces. Iglesias relativamente antiguas (es imposible comparar con España) y palacios. Se dice que es como entrar en Francia y la verdad es que podría pasar perfectamente en el otro lado del Atlántico.

Además, para ir calentando con las caidas de agua, nos pasamos por la catarata de Montmonercy, con un camino justo enfrente de la caída de agua, donde cualquier chubasquero es inutil; te mojas igual. Los rapaces disfrutaban bien del agua, ya les dirían algo sus padres ya... Y para volver a casa, en lugar de la autopista cogimos durante un buen rato la senda real, que va pegada a la vereda del río, y se pasa por unos pueblos bastante cucos donde hasta tienen granjas de bisontes :)


Tras un día de descanso en Potsdam, nos fuimos de road-tryp alrededor del lago Ontario. Visitamos algunas de las mil islas y los pueblos aledaños, descubriendo que, lo que en primavera es una aldea sin vida, se ha tornado en un hervidero de motos acuáticas, motoras, yates, barbacoas, y playas sin arena donde mucha gente pasa sus vacaciones estivales. Merece la pena parar en los parkings de descanso de la carretera, las vistas son estupendas, mejor que en los pueblos por unas semanas masificados. Llegamos hasta el cabo que delimita lo que es río y lo que es lago, atravesando mil chalets (uno por isla, pero están en tierra) con un aspecto impresionante. aún así, lo más curioso son unas islas que se ven desde Alexandria Bay, que tienen el 80% o más de su superficie construída por una única casa. Digno de verse.

Cansados de tanta isla nos fuimos a los mil lagos (los nuestros, no los de Suecia), algunos de ellos recogidos en valles de montaña alta, otros ya de una extensión considerable. Por allí hicimos noche completamente a la americana, parando en cualquier motel y a pasar la noche; no estuvo mal. Para pasar las horas nos dimos un tute de bolos, con una tarifa plana hasta las 12 pm. El dependiente, un tipo amable perennemente escondido tras su nariz quevedesca, iba haciendo sorteos y si cuando decía tu número hacias pleno, te devolvía 10 dolares. Me llegó el turno, y la tensión no me venció esta vez, así que resultó bastante asequible la noche Lebowski. Más destacado fue el desayuno. Paramos en Auburn tras huir del peor café de la historia -lo ofrecían en el motel, si alguien quiere referencias para comprobar la veracidad de esa afirmación las paso gustoso- y encontramos un Train-bar, uno de esos restaurantes típicos donde hincharte en el desayuno: tortitas gigantes, te rellenan el café si o si, y las bandejas donde traen la comida en casa serían para servir a una familia de cuatro o cinco miembros. Cada mesa, con su juke box, y la barra con los taburetes, típico 50s. Encantador, de verdad, hasta cuando nos preguntaron si éramos mexicanos (que no lo somos). Es bastante abundante la gente que cree que solo se habla español en México, en fin, ya estoy aquí para cambiarlo.

Sin más dilación que un par de fotos a otro lago, nos dirigimos a Niagara, donde pasamos el resto del día viendo las cataratas, viendo el final del partido entre España e Italia en el único bar donde lo ponían rodeados de tifossis (y la mesa de españoles todos con la camiseta roja, no podía faltar), volvimos a ver las cataratas, y cuando anocheció, orgía de costillas con camarera borde y de cabeza al siguiente motel, ya fuera del área de influencia de Niagara para un precio más asequible. En este el desayuno fue bueno, y nos animó a parar en Toronto a pasar el día. Ciudad enorme, solo 2.5M de habitantes pero ocupa un área bastante mayor al de Madrid. Está en la orilla del lago Ontario, "protegida" del oleaje por una isla donde hay un parque de atracciones al que se dirigían montones de asiáticos. Encontramos el Air Canada Center, hasta ahora la pista de baloncesto NBA más fea que he visto, donde estaban las camisetas de todos los jugadores de Raptors. Esto me chocó, ya que en las otras que estuve no estaban las de todos los jugadores. Hasta vi la de Garbajosa del año que viene, bien rebajada; la camiseta que nunca se usará. ¿Será en el futuro objeto de fetichismo?

Fuimos a la torre CN, durante varias décadas la construcción más alta del planeta. Se puede subir a dos observatorios, uno a 330 m del suelo, donde está el restaurante y un trozo de suelo de cristal desde el que se ve el suelo y se puede caminar. Mucho vértigo... El segundo observatorio son 447 m de altitud y en teoría se puede ver Rochester (en el lado opuesto del lago), pero estaba un poco nublado y no pudo ser. Merece la pasta, te sientes pájaro allí arriba. Luego ibamos a pasear por la ciudad pero un diluvio nos disuadió, transformándonos en caldos gallegos a ambos. Así que nada, de vuelta a casa, pasar la frontera, explicar las cosas al agente y a descansar.
El resto de este fantástico regalo fue un poco más monotono, cosas del trabajo, mientras el bueno de Bour hacía senderismo por Adirondak. Aún así, dió tiempo a demostrarle la escasez de oferta gastronómica de Potsdam(ned) e ir a todos los restaurantes decentes. Finalmente, ayer nos despedimos en Montreal, donde este sueño comenzó, donde quedó únicamente la música de rock urbano en el mp3 para sentirme más cerca de casa.

Gracias, de corazón, por estos dias.

2 comentarios:

Neus dijo...

Jo tíooooo, qué envidiaaa! (para variar y esas cosas :P)


Cuando vayas a San Diego, vendré a que me anfitriones a mi ;)

Reithor dijo...

me parece bien :) Aún así, ya sabes que si quieres probar mis habilidades como anfritrión antes, bienvenida eres

un besote!